¡Una mierda que me ahogo! 

En este, que aún no sé si será o no el último post del año de desgracia o de poca gracia de 2010, comienzo con anécdota familiar. Y lo hago porque en efecto, mucha de la gente de mi familia trabajaron en la famosa LÒREAL; sí: esa de por que yo lo valgo.

Tal vez de la influencia de esa parte de mi familia me viene la afición por la cosmética, los perfumes y demás. Pero la vida, que es curiosa en sí misma y llena de curiosidades y casualidades, me ha llevado esta mañana a recordar un chiste malillo que contaban estos cosmetiqueros y perfumeros, que en la multinacional francesa trabajaban en años de bonanza; antes que LÒREAL se llevase mucha de su fuerza humana a lugares más baratos sin por ello perder la influencia que tiene en el mundo de la perfumería y de la cosmética internacional.
El tal chiste se refería a alguien que se quedaba encerrado en un armario o habitación o laboratorio lleno de esencias de todo tipo por una noche. Cuando le rescataban al amanecer, el hombre clamaba:
«¡Una mierda que me ahogo!»
Y burla burlando, pensando en «La sinde» en la #LES, en los falsos progresistas, en los hippies reconvertidos, en la bazofia en que los políticos están convietiendo a la política y en otras cosas más, habiendo además leído este post sobre la intelectualidad, me fui esta mañana de compritas de crisis.
¿Compritas de crisis? Dícese de esas compras super prudentes que hay que hacer, toda vez que la crisis no va a aflojar, porque ya ni ZP ve brotes, ni la Pajín se explica, ni los demás saben nada, ni nos van a dejar de amedrentar, los amos del progreso, con sus progresías de toda la vida, en fin: compras prudentes que es mejor realizar en almacenes grandes pero pequeños, es decir: almacenes que no sean carísimos sino donde poder encontrar artículos razonables para cumplir con el deber alegre de regalar en Navidad, a pesar de los pesares y de esta situación de pandereta a la que nos someten los músicos del silencio, del SINDE todo que rigen aún nuestros destinos en lo cotidiano.
Así que ya en el almacén, me dirigí a la socorrida parte de las colonias y perfumes, que son regalos siempre agradables que al menos en mi entorno, que «semos tós mú limpios», es una manera buenísima y no siempre muy cara de quedar bien.
¿Han oído hablar, queridos lectores de Antonio Banderas, Shakyra, Rosario Flores, David Bisbal, Ana Rosa Quintana?
Seguro que sí. Y me preguntarán: ¿y qué tiene eso que ver con el perfume?
Pos tó, les contesto yo, puesto que todas estas personas (no encontré a Alejandro Sánz ni a Leire Pajín de momento pero seguro que hay más), tenían su perfume en las estanterías del almacén. Y tanto es así que puedo decir que el 90% o más de los perfumes encontrados en esas estanterías, pertenecían a famosos personajes de la canción o el corazón o ambos.
Además son perfumes de no demasiada calidad, más que cutres en alguno de los casos, y con diseños desastrosos. tiende uno a pensar que los deshechos de las perfumeras que han de vivir en tiempos de crisis aunque sea con nombres del famoseo.
Y yo, que creo entender algo tanto de perfumes como de canciones, me he hecho otra nota mental más para no comprar ni unos ni otras, y lo siento por Shakyra que con voz de camionero y todo me gustaba, y para tratar de evitar en lo posible las cutreces diarias de la Ana Rosa y las piezas culturales del Banderas.
Ciertamente hay que seleccionar. No merece la pena ser pirata, ni internauta si en los procelosos mares digitales que no entienden los políticos progresistas que paran el progreso, hemos de aguantar a perfuperiodistas, actoperfumistas o cantacolonias de tres al cuarto.
Merece la pena ser creador, como lo somos quienes emprendemos cada día o lo intentamos en este país de restricciones y dificultades a la idea. Ser creador de verdad; consciente de que nuestras creaciones se basan en creaciones anteriores y que enriquecen el acervo cultural económico e industrial de un país. Merece la pena ser creador y no juntarse con los que se dicen creadores y crean casi nada o poco o menos.
¡Pa tonterías el Chiquilicuatre! que creo sabía perfectamente lo que creaba o lo dicho:
¡Una mierda que me ahogo!

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