Balú y Enrique en foto de carnét

Balú y yo

Pre ámbulo

Hace algunas semanas, mi buen amigo Victor de Ron, de RONCESCAN Perros de Ayuda, me pidió un artículo para un blog que hablaría de perros en este sentido. Y me pasé de largo: No sabía que iba a ser un post normal de dimensiones normales y hablando de cuatro casos, así que escribí lo que sigue, que, naturalmente, quedó reducido en el post que se publica en Blog Snau.

Lo aderezo con alguna “fotico” de Balú conmigo y lo precedo de algunos links que se mencionan o que merecen estar en este preámbulo:

Victor de Ron en Facebook  Es una buena parte de la asociación que me proporcionó a Balú, mi durísimo y grandísimo  Balú, labrador retriever  de Abantueso.

RONCESCAN Perros de ayuda: La asociación que llevan Victor y Sonia y que proporcionan estos perros de ayuda tan especiales.

Ámbulo

Balú de cachorrillo
Balú de cachorrillo

Nunca había tenido perro en mi vida. De forma que no estaba acostumbrado a las múltiples cuestiones que hay que saber, que hay que vivir, cuando metes un peludo en tu casa, cuando compartes tu vida con otro ser vivo no humano…

Nunca había tenido perro; así que a mis 58 años, sabía, y esto lo tenía claro, que “no sabía”. Que de decidirme a compartir mi existencia con un “peludo”, el paso sería más que importante. Naturalmente recibí toda clase de bienintencionados consejos de personas allegadas acerca de esta importancia. Yo mismo me planteé y me documenté, y leí, y pedí estos consejos de personas allegadas.

Consciente de mi desconocimiento, pensé durante bastante tiempo acerca de esta apuesta que, sin duda, supone este cambio de vida.

Pero mi apuesta no era por poner en mi vida una mascota, sino un perro de ayuda. Si me decidí a dar el paso fue por necesidad funcional: Persona ciega parcial de nacimiento, hasta la mitad de mi cincuentena, me pude valer con mi resto visual sin problemas. Pero en la última época, en la segunda mitad de esta cincuentena, empecé a perder de forma rápida mi resto visual. Y aunque manejaba bien el bastón y otros elementos y trucos que las personas ciegas tenemos para nuestra movilidad y para nuestra autonomía personal, pensé, viendo a otras personas, que contar con la ayuda de un amigo perro, podría aumentar sensiblemente mi nivel de movilidad y por tanto de autonomía personal.

Y en este planteamiento se ponen en marcha los métodos típicos; la balanza que ponemos delante de nosotros con sus dos platillos de pros y de contras. El caso es que luego de un largo periodo de reflexión, pesó más el platillo de los pros y me decidí a compartir mi vida con un perro de asistencia. Un ser vivo especializado en guiarme por las calles, senderos y prados, por la playa y el campo, en transportes públicos y en general, en todos aquellos eventos vitales que requiriesen de movilidad ágil y eficiente.

Y di el paso: Tuve que elegir entre las diferentes alternativas existentes y, sin meterme ahora en profundidad en los elementos que calibré a la hora de la elección, me decidí por una asociación, RONCESCAN, donde el trato era humano para los humanos, perruno para los perros y donde, en cualquier caso, tu perro sería adiestrado para ti; pensando en tus necesidades y características.

Hay muchas otras alternativas válidas y en general, pasan por acudir a escuelas de perros guías que los adiestran y donde te los dan lo más adecuados a tus posibilidades. Pero el método de RONCESCAN, donde conocí a Balú, mi actual compañero de vida,me pareció más adecuado a mi forma de ser.

Así, en Junio de 2016 me puse en contacto con ellos, me entrevisté con Victor, me entendió, entendí más su filosofía de entrenamiento de los canes, y me comprometí a tener un perro de asistencia que me guiase, adiestrado de acuerdo a lo que su entrenador vio en mi forma de moverme, de estar, de ser.

Visita a Balú en verano de 2017
Visita a Balú en verano de 2017

En Diciembre de 2016 Balú salió de la familia de adopción y comenzó a ser adiestrado, Ya hacia la Semana Santa de 2017 tuve mis primeros encuentros con él, y nos fuimos conociendo. Y en verano de ese año pude realizar mis primeras tímidas salidas.

Adiestrado Balú ya en Septiembre de 2017, comencé mi periodo de adaptación. Porque , como he reiterado, nunca había tenido perro; y aunque lo hubiese tenido, adaptarse a un perro de trabajo, comprenderle y que te comprenda, lleva su tiempo.

El 20 de Noviembre de 2017 Balú entró en mi casa para quedarse. Razonablemente adaptados el uno al otro en materia de trabajo, quedaba lo que realmente para mi fue más duro; la adaptación doméstica, que sinceramente creo que fue más de mi a él que al contrario. Balú, lo sé ahora, estaba perfectamente preparado para vivir con un humano; comprendía y comprende a los humanos. Tal vez era yo quien estaba menos adaptado para comprender a los perros en general y a Balú en particular.

Puedo decir que el primer mes fue terrible; pero a partir de ahí, todo ha ido bien.

Al iniciar 2018, me sentía ya totalmente a gusto con él y hoy, a seis meses de convivencia intensa y diaria, puedo afirmar que es parte completamente de mi vida doméstica y funcional.

En lo doméstico, me he acostumbrado a su compañía que me es ya vital; vivo solo o debería decir vivía solo. A partir del 20 de Noviembre de 2017, tengo una compañía impresionante de un ser vivo que está a mi lado, que me deja trabajar (trabajo en casa) que se recrea conmigo en mis recreos, que vive mis buenos momentos y respeta los menos buenos (afortunadamente no ha habido nada malo en estos seis meses( y que, en fin, comparte mi vida.

De izquierda a derecha, Enrique, Balú y Victor, el adiestrador.
Entrenando con Bal´y y Victor

Y en lo funcional, cuando Balú viste su arnés y su correa, cambia totalmente de modo perro normal, podríamos decir, a perro de trabajo. Y entonces se produce el milagro; pasa a ser una verdadera máquina de trabajo y, lo que es totalmente interesante, es feliz trabajando.

Su trabajo, ya desde el primer momento, fue variado: Viajar de Madrid a Galicia, a Mojácar, moverse en metro, trenes y autobuses, aprenderse todos los sitios por donde suelo transitar…

Y trabajando, como he reseñado, es una auténtica delicia. Tendríais que verlo por la Gran Vía de Madrid, en Diciembre, llena de gente y de obstáculos varios, moviéndose y adelantando a las personas para ir a mi rápido paso.

Sería interesante poder contar cómo se adapta al modo senderismo y cómo me lleva por los bosques de mi Galicia, con lluvia y barro, con troncos en el suelo etc.

Y, en fin, me costaría contar en palabras cómo se mueve en cualquier situación.

Balú me ha cambiado, como me decían mis consejeros allegados, la vida por comleto. Y me la ha cambiado para bien.

Compartir la existencia con un ser vivo que depende de ti en algunos momentos pero del que tú también dependes en otros, es una experiencia enriquecedora y literalmente “te vuelve mejor persona”.

Pero además, y si solo nos atenemos al tema digamos funcional, el cambio de autonomía que supone poder ir a cualquier lado con toda libertad pero también con toda seguridad, no tiene precio.

Balú es un perro muy inteligente; toma decisiones por mi en las rutas diarias y en el 99% de las ocasiones, sus decisiones son las más acertadas. Y me refiero a cómo adelantar a un grupo de personas, cómo buscar una mesa, una puerta, una escalera, o cómo con solo decirle: “vamos a casa de alguien”, si conoce ya el destino, no tener que aportarle absolutamente ninguna instrucción más, por largo que sea el camino entre origen y destino.

Agradezco a la vida haberme dado esta oportunidad y a RONCESCAN, haberme proporcionado un perro a mi medida, una relación personal enriquecedora, una dedicación y seguimiento de mi evolución con Balú encomiables, y un trato, como dije, humano para mi, y perruno para él. Y sobre todo, haberme enseñado el nexo entre las dos razas; haberme enseñado a no humanizar al perro sino a volvemre yo perro para tratarle. Imagino que Balú tiene que abandonar de vez en cuando su condición perruna y comprenderme a mi como humano; estoy seguro que lo hace y que lo hace todos los días.

Nunca había tenido perro. Pero estoy bastante seguro que jamás me plantearé, a partir de esta experiencia, no volver a tenerlo.

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